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    Piñera, San Damián y nuestra vida social de mercado

  • Pasó casi inadvertido en los debates de primarias, y sin embargo refleja una de las discusiones más sustantivas que enfrentaremos este año. Me refiero a la centralidad del mercado en nuestras relaciones sociales.

    El diálogo ocurrió en un programa organizado por Chilevisión/CNN. Luego que una señora explicara el problema de los “ghettos” verticales de la comuna de Estación Central, el periodista le preguntó al ex presidente Sebastián Piñera si tenía un plan concreto para que gente de clase media, alta y baja pudiese convivir.

    Piñera. Definitivamente. La inclusión social es beneficiosa para todos, para la gente de clase baja, media y alta. ¿Qué pasó en Chile? En la década de los 70s, 80s se produjo una erradicación masiva en los barrios más favorecidos y se localizaron en la periferia de Santiago. Sin los servicios, sin los sistemas de transporte, sin las escuelas. Y eso produjo una verdadera segregación. Lo que nosotros vamos a hacer y lo empezamos a hacer durante nuestro gobierno, es promover que los proyectos de desarrollo urbano, edificios, tengan departamentos de un valor, pero también tengan departamentos.

    Periodista. Perdón, pero ¿dónde se hizo eso? ¿Durante su gobierno dónde construyó un edificio de Las Condes, Vitacura, Lo Barnechea donde se premiara a la inmobiliaria por tener personas de estratos socioeconómicos distintos?

    Piñera. Por ejemplo, en la comuna de Lo Barnechea se construyeron, …donde antes había edificios para personas de muy altos ingresos se construyeron muchos edificios en que convivían sectores de ingreso medio-altos con sectores de ingreso medio-bajos y eso permite la integración ¿por qué es buena la integración?

    Periodista. Perdón, ¿Ud. en su barrio le gustaría tener un edificio donde conviviera gente de distintos estratos socioeconómicos? Estamos hablando de uno de los barrios más caros de Santiago, San Damián.

    Piñera: Bueno, es posible que no en todos los barrios se pueda producir esto.

    (Murmullos en la sala, pifias).

    Periodista. ¿Por qué no se puede producir esto?

    Piñera. Es posible que no en todos los barrios se pueda producir esto.

    Periodista. O sea, ¿en algunos barrios sí y en otros no? no entiendo.

    Piñera. No, no, es posible que no en todos los barrios se pueda producir esto.

    Periodista. ¿Por el valor del metro cuadrado?

    Piñera. Por el valor del metro cuadrado.

    El ex presidente Piñera nos señala que la integración social encuentra su límite en la posibilidad material de comprar terrenos para producir la tan anhelada integración social. Así las cosas, la integración dependerá del precio y como en los sectores más acomodados dicho precio es inalcanzable, entonces la integración procede en cualquier lugar menos allí.

    Bajo esta lógica de razonamiento, sería natural esperar el proceso inverso de lo que hoy sucede en la ciudad donde se forman ghettos en los barrios donde el precio de los terrenos es más bajo.

    La política de integración social produciría una (sana) convivencia en todas partes menos en lugares como San Damián. Irónicamente, los sectores privilegiados se convertirían en verdaderos ghettos alejados de este otro mundo integrado. El ex presidente nos está diciendo: intégrense ustedes, aquello es imposible que suceda en mi patio trasero.

    La cuestión de fondo aquí es la “mercantilización” de nuestras relaciones sociales. Si el mercado (los precios) regulan todas y cada una de las esferas de lo pública y social, la segregación será el resultado insoslayable para estas relaciones sociales.

    De ahí que el proyecto socialdemócrata, no el socialista soviético, sino que el socialdemócrata europeo, planteó desde muy temprano la necesidad de “desmercantilizar” las políticas públicas de modo de aspirar un mínimo de integración social.

    Si la sociedad se rige exclusivamente por los principios del mercado (por los precios o valores asignados a los servicios), entonces resultará inevitable la división entre los que tienen muchos recursos para comprar educación, viviendas, salud, pensiones, cultura, transporte, y quienes no tienen aquella posibilidad.

    Pero el argumento no solo se refiere a la adquisición individual de ciertos bienes y servicios, sino que además implica que al regularse todas las relaciones sociales por las normas del mercado el resultado esperable, ineludible, será la segregación.

    Dado que vivimos en ciudades de mercado, no es casualidad en los barrios periféricos (es decir, alejados de los sectores acomodados) se instalen cárceles, basurales, industrias contaminantes y bodegas industriales. Sin mediar regulaciones, la ciudades de mercado van estructurando verdaderos mundos o ghettos de alto y bajo buen vivir.

    El ex presidente Piñera no esconde esta inevitabilidad. Nos señala que su aspiración es integrar a todos los sectores menos a su barrio pues no correspondería intervenir las inmutables leyes del mercado.

    El asunto no es trivial dado que nos plantea la pregunta más de fondo que tenemos por estos días. ¿Puede o debe el Estado jugar un rol regulando las relaciones sociales? ¿Procede “desmercantilizar” las relaciones sociales de modo de favorecer políticas inclusivas?

    Hay quienes sostienen que debemos dejar que las fuerzas del mercado operen y que en la medida en que los sectores menos acomodados adquieran mejores salarios, mejor educación, podrán comprarse una casa, o tal vez un departamento, en San Damián.  Otros sostienen que de no mediar la acción directa del Estado en regular los distintos mercados (salud, educación, vivienda, cultura, etc.) no será posible cumplir con la aspiración de esta tan mentada inclusión.

    El debate sobre Estado/mercado es muy antiguo y de fuerte connotación ideológica, pero adquiere vital relevancia por estos días cuando lo que está en juego es el modo en que queremos convivir.

    Entonces, si las leyes del mercado nos condenan a la segmentación, la interrogante fundamental es si queremos regular y hasta qué punto se regulará la mercantilización de las relaciones sociales. Y ya sabemos que algunos dirán, “no gracias, no en mi patio trasero”.

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